Yo no paraba de hablar, nadie quería escucharme; recorría el lugar en busca de alguien que me aceptara y compartiera lo que yo sentía pero era inútil. No había nadie, todos eran dedos que apuntaban y bocas que reían a carcajadas, ceños fruncidos y cuero cubriendo espíritus jóvenes.
Por la noche la situación no era tan diferente pues yo me sentía igual de mal, igual de sola.
Ese líquido que salía de mí, tenía un sabor terrible; yo me lastimaba a mi misma y no sé por qué.
Era un dolor tan agudo y crónico, mi cuerpo y mi alma se desvanecían entre alcohol y miseria.
Aún es igual, soy un muerto que deambula por las calles en busca de la nada. Y no me importa, porque de todas formas esta vida no tiene sentido.
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